jueves, 25 de abril de 2013

Cansadito

Así, cagándome de sueño, hay cosas por hacer. Aunque ya terminé de hacer las correcciones de la novela, hoy me di cuenta de que había aún un par de errores en un página. Creo que tendré que darle una revisada más.

Cuando uno escribe algo largo, lo que se dice escribir y lo que se dice largo, termina hasta la madre de su propio texto. Es incapaz de juzgar si el mismo funciona, es bueno, o por lo menos dice algo que valga la pena ser leído.

Pero ya, después de un mes de andar escribiendo la novela, tres semanas de corregirla, y tantas noches de pensar y pensar en qué modificarle y qué vale la pena que se quede; por fin me siento en el punto de: "ya está hecho".

Lo agradable, es ver cómo pese a las críticas de algunas cosas, de algunas personas de las que podría dudar sus buenas intenciones y sus verdaderos gustos literarios; hay por el contrario, alguno que otro que tienen valor para mí.

Hoy, me encontré a un amigo al que le expliqué brevemente (porque no podía dársela para que la revisara, ya que la convocatoria del concurso que quiero, cierra el martes 30) de qué trata la novela, le desglocé, igual de breve, cada uno de los capítulos, y le pedí que leyera el último y el epílogo.

Me sentí muy bien, al confirmar con su opinión, las opinines de otros más (aunque en diferentes capítulos, otros lectores a los que agradezco su tiempo, de igual manera me han dicho el agrado que les causa leer mi novela, aunque use el lenguaje soez): el final se le había hecho bueno, y a reserva de lo poco que ha conocido de mi novela, sentía que por lo menos lo que había visto, era bastante buena (había visto un par de capítulos más, a parte del final y el epílogo).

Me deseó mucha suerte para el concurso. Espero que sí. Tan espero que sí, como espero tener pronto un artículo o dos que me pidió una amiga, quizá exista la posibilidad de publicar en una revista.

Ambas situaciones, cosas, o la madre que sea, son estimulantes. Hacen que sienta que los desvelos escribiendo, y todas esas cosas de la vida jodida a cambio de tiempo para dedicarme a esto, valgan un poco la pena.

Lamento la solemnidad de esta entrada, pero hoy, ando un poco jodido, y lo peor, es que hoy, aun no se acaba; sigue habiendo textos que revisar o escribir. Por lo mismo, solo mando mentadas de madre en las últimas líneas, y seguir con las peticiones de buenas vibras para este que sigue sin creerse escritor.

martes, 16 de abril de 2013

Momento ñoño



Ayer estuve viendo la película “el silencio de los inocentes”, me puse a pensar en lo interesante del personaje de Hannibal Lecter, y hasta, como buen ñoño, a buscar su coeficiente intelectual en la red. Después me puse a pensar en quién ganaría entre Sherlock Holmes y Hannibal. Parece un buen tema para un fanfiction, si no es que alguien ya lo hizo.

 Por ahí una vez hicieron uno sobre Holmes y Jack el destripador; pero más que una historia policiaca, fue un capítulo de Celebrity Deathmatch, una serie que fue bastante famosa en la década de los noventa, la sacaba MTV, para los que no lo sepan, trataba de muñecos de arcilla que se partían la madre entre sí, pero los muñecos eran personajes históricos y ficticios del mundo entero. Por ejemplo, en cierta ocasión pusieron a Beavis vs Butthead; también a Dave Groul vs Courtney Love; incluso a Gandhi (aunque no recuerdo contra quién). Pero bueno, decía que habían puesto a Holmes, contra Jack el destripador; Holmes queda como pendejo suertudo, más que el detective con capacidades deductivas casi extrasensoriales. 

La duda, o lo interesante, consistiría en hacer un buen ejercicio de ficción. Hannibal Lecter el genio psicópata, incluso más cabrón que los Moriarty que he visto en cine, tele y lo que he encontrado en la literatura de Conan Doyle, contra el genio deductivo de Holmes. 

Recordemos que hay puntos interesantes en que podrían ser considerados al respecto:

Lecter es atrapado por un detective federal que más que tener capacidades deductivas, poseía una gran capacidad de meterse en la mente de los criminales a los que analizaba, y en el caso particular de Lecter, lo aprehende un poco más por suerte que por esta otra capacidad. Lo cual significa, que Lecter no necesariamente es una gran mente criminal, solo una mente psicópata. 

Por otro lado, Holmes, tampoco es infalible, y hay que recordar que la derrota que más lo marca, es contra Irene Adler (que no era su enemiga declarada) a la que terminó llamando “La mujer”, siendo que era un tanto misógino. Pero como decía, en el caso de Holmes también hay estas trastabillas.

Ambos, confían demasiado en sus genios, ambos pueden conocer la mente de sus enemigos, y ambos son apáticos, carecen la capacidad de empatizarse y, por el contrario, se dejan llevar por la lógica y la curiosidad; ambos de hecho tienen un sentido del olfato que va más allá de lo promedio. 

                En general podría ser una historia de ocio interesante para aquel que se quiera atrever a hacerlo; y si alguien sabe de alguna persona que ya lo haya hecho, avísenme. 

                Mientras tanto, yo me iré a fumar y a seguir corrigiendo esa novela. Saludos, lectores.

jueves, 11 de abril de 2013

Ahí vamos

Comentaba: hace como dos semanas que ya tengo cierta estabilidad, en efecto así es, pero no quería afirmarla porque con tanto desmadre, uno queda ciscado (jaja). Pero creo que en general por el momento ya no hay de que temer; como que la vida va mejorando y, además, se la puede ver como si realmente mejorara: escuchas pajaritos en la mañana cuando estás por dormir (y después quieres aventarles un cohete para que se espanten los cabrones y te dejen hacerlo); los niños chiquitos te sonríen cuando vas en la calle (y las niñas grandes también); y aunque económicamente no estás tan bien, sigues teniendo para medio comer y para fumar... quizá para ir a tomar un café.

     No, definitivamente la mala racha ya empieza a desvanecerse, es lo divertido, porque a lo largo de ese desmadre terminé aprendiendo, por ejemplo, a escribir más palabrotas de las que acostumbraba, y eso a su vez me está ayudando a que haya estado generando un estilo particular (como dicen por ahí: mi voz) a la hora de escribir; aún tengo que confirmarlo con algunas personas que saben, pero es casi un hecho.

      Como lo he dicho antes, no he dejado de escribir, es genial, ya aprendí a escribir sin necesidad de estar inspirado por una musa, y a hacer lo que decía Baudelaire: no hay que escribir con la emoción del momento, sino escribir cuando la cabeza esté fría, y evocando esa emoción (o algo así, jajaja, aunque prefiero hacerlo a la vieja). Eso ha sido muy grato, empezar a tener la capacidad para hacerlo, al igual que meterme en personajes. He aprendido a escribir. Ahorita tengo una novela terminada que está enfriándose para hacerle las correcciones, con esa estoy seguro de que me gano el siguiente premio Alfaguara porque la historia está mejor que todo lo que había escrito hasta ahora; aquí le perdí el miedo a muchas cosas. Y las críticas de los capítulos que he dado a algunas personas han sido alentadoras.

     Pero bueno, mientras esa novela se enfría tengo un guión por ahí que también ya se enfrió para que pueda hacerle las siguientes correcciones y lo pueda meter a un concurso que es dentro de un par de meses, igual espero podérmelo ganar (algo así como $50,000), y si no, por lo menos empezará a darme cierta presencia en esos círculos.

     Definitivamente, ya no está tan mal, mejoraría mucho con la cuestión económica, así que prefiero seguir muriéndome ligeramente de hambre; porque como diría Xavier Velasco: si no lo hago me voy a morir de un hambre más cabrona. Así que échenme sus buenas vibras para que me vaya bien en el concurso, y si no, sigan dandose una vuelta por mis letras y jódanse zorras egoístas, ni que se fueran a morir por unas vibras.

viernes, 5 de abril de 2013

Un poquito de verdades sobre el artista

Estoy escribiendo esta entrada para ver si me sirve como purgante para terminar de imaginar los capítulos que me faltan para la novela en la que estoy trabajando ahorita. Ya ven que luego se piensa que lo difícil es encarrilarse en la actividad deseada, es como dicen por ahí: "ya encarrerado el gato, chingue a su madre el ratón". Así que como lo había prometido, revelaré un poco de esa "vida de artista" que he tenido últimamete.

     Hasta hace unas dos semanas en las que más o menos he tenido un poco de quietud, había estado sumido en una serie de eventos un tanto desafortunados de los que se habrán dado cuenta aquellos que han curioseado un poco más por este blog.

    En realidad una serie de mamadas, como para mentarle la madre a la vida una y otra vez durante semanas enteras. Hija de puta. Pero bueno, está la muerte de mi tío (por eso los poemas anteriores), la ruptura con Liliana, y la posterior ruptura con cierta personita que casi me demanda por usar su nombre (eso es exagerado de mi parte, en realidad nada más se puso violenta verbalmente, y no me puede demandar por usar su nombre), esta última en realidad no me pegó tanto. Pero bueno, esos son los antecedentes emocionales que podrían pasarle a cualquier persona (claro, no deseo que nadie sufra una pérdida y a la semana otra, como en mi caso). Pero obviamente eso no es todo para decirte artista.

     Para catalogarte artista hay que tomar todas esos pedos emocionales y existenciales y transformarlos en una obra de cualquier índole, y no por ello, estoy diciendo que tengo una vida de artista.

     En realidad estoy transitando por esa parte nada glamourosa que existe antes de la fama.

     Para ser artista, está claro que hay de dos, o naces con las posibilidades económicas para dedicarte al arte, o vives jodido para hacerlo. Y entonces todo eso se empieza a sumar y se vuelve una gran bola de nieve (yo preferiría imaginar que es caca) que se hace cada vez más grande. Empiezas a ver a tu al rededor y, en primera, ves que no está la persona que más amas contigo, en segunda, ves que tus amigos tampoco están cerca (siquiera), la familia no termina de entenderte nunca, y todos los que te rodean, van teniendo progreso en la vida de algún tipo, mientras tanto, tú no sales casi a la calle porque no hay dinero más que para cigarros y porque además tienes que seguir escribiendo, y madres parece que no estás haciendo nada; y en efecto, para todos aquellos que no sepan de esto, "no estás haciendo nada".

     De repente, si tienes un poco de luz en el camino te encuentras a alguna buena personita que sabe del tema y te dice, "estás bien, vas mejorando". Y te das cuenta de que lo único que te queda es aguantar. Por fuera te vuelves un guiñapo, emocionalmente estás madreado, anímicamente ver a tu al rededor te madrea de igual manera, y no hay nadie en sí en quien te puedas apoyar por completo. Te das cuenta de que en casa de tus padres ya no la haces, y de que el mundo poco a poco se te cae a pedazos; juegas a seducir a la locura y te sientes tentado a dejarte seducir de tanto que luego terminas aislado, ese aislamiento luego te lleva a dudar incluso de tu propia existencia y realmente entras en ansiedades donde sientes que lo más pertinente es declararte loco.

     Ves cómo la vida se sigue burlando de ti con pequeñas cosas, como esas de las muelas que se me están cayendo a pedazos, o con borrarte media novela por una locura del word (claro que son bormas pequeñas, porque los golpes fuertes ya te los dio también).

     Y entonces, cuando todo se te sigue cayendo a pedazos como si estuviera lloviendo mierda del cielo, encuentras algo de qué aferrarte para que la vida no te consuma, en mi caso, me pongo a escribir, aun cuando no escribo para mí (como tal).

     Lo que más pega es lo emocional, uno no tiene problema con no comer durante un día o dos, no se muere por eso, lo más difícil de llevar es lo emocional. Yo no me había dado cuenta por completo lo que hacía o cómo podía hacerlo, cómo seguía adelante mientras veía a mis amigos terminando sus carrreras, teniendo cosas bonitas y saliendo a pasear; preguntándote a cada rato si sirves para esto, si vale la pena que lo sigas haciendo, si algún día podrás vivir con decencia de esto. Es cuando los comentarios de las personas que saben te apoyan, y te hacen creer un poco más en que sí puedes y que tienes que seguirlo haciendo, porque sabes que de todas formas no podrías dejar de hacerlo. Pero insisto, lo que más pega es lo emocional, y yo no había encontrado la forma de articular lo que pensaba, sin embargo, encontré a alguien que lo articuló mejor que yo; es de mi serie favorita y lo pondré en el inglés que más o menos entendí.

             Atticus: How do you do, Hank?
                Hank: Do what?
             Atticus: The woman that you love it's out there and you know you can't have her. How you get up in the morning?
                Hank: Glup it's always helpful; but it's always the art, everything that i write, each letter, is for her or about her, so i'm with her, even when i'm not, if i'm writting.


     Disculpen la mala traducción creo que hay un par de palabras que no están en el diálogo, pero no tengo tan buen oído, al final es lo que más o menos se decía en los subtítulos. 

      Da igual, al final el artista transmuta toda su mierda en general, y le da un sentido, ya sea para contar una historia, mostrar una imagen o sencillamente transmitir lo que desea, y de la forma que desea; en gran medida somos máquinas de digerir caquita, o recicladoras, como quieran verlo. 

       La verdad es un trabajo ingrato (no siempre), pero que no puedes dejarlo de hacer, lo traes dentro, te guste o no; somos bichos algo disfuncionales socialmente, y que por pendejadas vocativas terminan, en nuestra mayoría, solos (espero que no sea mi caso). 

      Quizá me alargué demasiado para decir, que somos un desmadre en muchas y diferentes formas. O al menos esta es mi visión, no tengo intención de impornérsela a nadie.

sábado, 30 de marzo de 2013

Un poema más

Antes de hablar de esos desmadres del artista o por los cuales me han catalogado en esa área, quiero dejar otro poema a una persona que fue muy especial para mí.

Espero que lo disfruten.



IV
Su muerte no fue poética, ni pulcra, ni decente; fue una chingadera que me hizo mientras estaba dormido. En veinte minutos de ausencia se llevó hasta la fiebre. Me dejó las babas que salían de su garganta agujerada con el carraspeo de un gargajo, y el saco de huesos con rayones que le conocía desde pequeño. Me dejó con el chingadazo de no saber a quién le aviso, por quién empiezo. El más pequeño de los hijos, porque de los hermanos me había vuelto yo.
                Seis de la mañana del veinte de septiembre, cuatro días antes de su cumpleaños, todos enterados, entre chismes y teléfonos descompuestos, y rostros descompuestos y corduras descompuestas. Solo estábamos mi abuela y yo por allá, pero yo andaba ocupado, entre papeles y trámites y papeles y más trámites y más, más, más, y cuando pensé que se había acabado, más trámites, entre ministerios y registros, forenses, hospitales servicios funerarios. Ni tiempo te da de pensar en la puta muerte porque te sigue comiendo la puta vida; hasta que doce horas después, cuando uno cree que por fin descansa termina diciendo “estoy muerto”, sin afán de ofender al difunto.
                A las siete de la noche empieza la caravana, el último viaje del trailero por las autopistas. Hasta en la muerte anda viajando. Lo acompañan una exmujer, dos hijos, dos hijastros, dos desconocidos y este que ya no era su sobrino; derechito al velatorio del panteón San Isidro.
                Una y tantos de la madrugada del día siguiente, caras largas vestidas de llanto, familias vestidas de negro y yo sin tiempo para llegar con algo más que huaraches y mezclilla, lo único negro que llevo son las ojeras y un tanto de la sonrisa.
                “Todo esto le tenía que pasar al más fuerte”, dijo un primo; así es, Oscar era el más fuerte; “no, a ti” me contestó; ahora parece ser que yo había sido el heredero a su corona. Pero uno no se siente muy fuerte cuando abraza a su abuela mientras grita “¡Ay, mi hijo!”. Y se tiene que tragar las lágrimas por más que se le atoren en el gañote.
                Y entre tanta muerte, tanto dolor y tanto llanto, uno se siente afortunado de tener una mujer que lo ama, y la parte de atrás de un auto para hacer el amor y olvidarse de la muerte al menos en lo que se queda dormido; no importa que al otro día uno despierte solo, y tenga que ir solo entre los conocidos a meterle sus Marlboro en la caja, a recordarle al amigo poner la canción prometida, a mirar solo cómo los ciegos no solo lloran sino que se les sale el corazón por los ojos, a mirar cómo las madres tienen que ser agarradas para que no se avienten en la tumba. Y entonces uno termina de sentirse solo como nunca, cuando ve a todos cantando para ocultar su tristeza, cuando ve a unos pocos llorando porque no pueden ocultar su tristeza y solo quedo yo en el limbo porque ni puedo llorar ni quiero cantar. Y cuando uno piensa que esto se acaba, y le echan tierra y se ven a los hijos gritar el porqué le echan la tierra, y seguirles la madre el camino de las lágrimas, y seguirles después los padres con la segunda vuelta, uno termina por no saber si sentirse solo o pendejo por seguir sin poder llorar.
                “¡Ay, hermanito, has de tener frío!” Diría mi madre.
 “Ay carnal, por fin lograron mantenerte quieto; no más viajes para este trailero.” Diría yo.
“Para este caballero del camino.” Diría mi madre. Y por hoy no la corregiré diciendo que así es como se les dice a los Federales. Hoy mi tío Oscar, es todo, desde la oveja descarriada y acogida, hasta el ángel de la guarda de la familia.

martes, 26 de marzo de 2013

Hola de nuevo

Lo siento, no había escrito aquí porque desde hace unas semanas (quizá meses), una profesora me pidió que hiciera un ejercicio para la creatividad que además me llevó tiempo decidir que publicaría (la entrada anterior), y por cuestiones medio tontas de mi parte, en lugar de decirle el nombre de la entrada, preferí solo no agregar entradas nuevas; el día de hoy ya lo leyó y me dió su opinión, así que regreso a intentar publicar una cosa a la semana. En esta ocasión un poema que es parte de otra serie de poemas. Ojalá lo disfruten. Quizá la próxima semana me atreva a publicar la oscura vida del artista (lugar en el que me han catalogado últimamente algunas personas que considero con cierta autoridad, al ver el estilo de vida que llevo y su relación con la escritura).




I
En esta prisión de enfermos
el estómago se me hizo duro
tocándole las heridas
      los raspones
del que parece ser mi tío.

El paciente de la cama siete
vestido de fiebre y con pañales
acostado en colchones de plástico antiséptico
es el que dicen que es mi tío.

Es hora del baño, me hacen pasar
y las manos, mis manos lo agarran
lo ponen suavemente de costado
sintiendo crujir sus huesos.

Unas gasas lo tallan; esponjas
un pedacito de costra; la piel viva
del otro lado lo mismo
ahí se resienten los tronidos
      chasquidos
            crujidos
depende qué le agarre.
Mangueras por todos lados,
unas por las venas
      una por la boca
           una por el pene
(solo le faltaba una entre las nalgas)
y otra más al final para succionarle el agua


(Tantas mangueras para sacarle la muerte o meterle la vida.)

“Muévelo otra vez”. (Quiébralo un poquito más.)
hay que meterle las sábanas limpias por donde se pueda
(Quiébralo pal otro lado) “Con cuidado, no lo vayas a lastimar”
a jalarle el bulto de sábanas
que quede bien acomodado.


Y entonces a uno solo le quedan los dos
minutos de vista para ilusionarse
 con que
mueve los ojos cuando le hablan,
con que
respira diferente al ritmo de la máquina
con que
se levantará mientras uno va a colgar la bata
o mientras se quita con jabón
los restos de esperanza de las manos.

jueves, 28 de febrero de 2013

Y así, sin más, cinco puntos suspensivos.


Había un lugar en el que nada de lo que hacías era realmente presentable ni presentible, una especie de vacío capaz de alcanzarnos en cualquier recodo que pasáramos. Una duda, una certeza y al final una partida, lástima que en aquella partida solo tú partiste y yo me quedé aquí, esperando tu regreso, un regreso dudoso y una espera certera. Cuánto cambiaste por unas palabras bonitas, cuánto por unos halagos sinceros, cuánto de lo nuevo que le dio a lo viejo un sinsabor más allá del sabor que dejan los recuerdos.

            Y entonces, cuando te fuiste, qué pude decir: ¡No, no te vayas! No me dejes... dije lo único que podía y quizá lo mejor hubiese sido quedarme callado, hacer como si nada hubiera pasado, en lugar de hacer como si el pasado no hubiera ocurrido, o peor aún, que no existiera.

            ¿Cuántas veces no te habías marchado antes? ¿Cuántas veces no me había marchado yo? Recuerdas aquella, cercana a mi cumpleaños, creo que había sido dos días antes de esta ocasión. Era de madrugada y nuevamente, como si no hubiera aprendido mis lecciones previas, me decidí a buscarte lo que no debí de buscar. En tu teléfono encontré el mensaje de que te habías visto con alguien, o al menos donde quedabas de verte. Me temblaban las manos y el cuerpo como si estuviera helando, si me sentaba, mis piernas brincaban incapaces de soportar su propio peso, o quizá avisando que debía de partir. Sin embargo, en lugar de marcharme, preferí despertarte, platicar lo que pasaba, qué de malo podría haber en aquella plática, lo peor sería descubrir mis temores: que estuvieras enamorada de alguien más, ¿por qué otra razón lo harías?, ¿venganza porque yo lo había hecho antes? No había forma de que eso pudiera ser algo que no fuera relevante, pues para ti el amor no estaba separado de la atracción. Yo lo intuía, lo intuía cuando tu respuesta era casi fría al decirte te amo, y al contestarme: yo también, sin siquiera mirarme a los ojos, sin siquiera dejar que me iluminara el brillo de tus pupilas un segundo al decirlo, era la respuesta metálica que daría una máquina al pedirle que se ejecutara una orden.

            ¿Qué pasó entonces? Te levantaste de mala gana, diciéndome que no había pasado nada, que era un mensaje y ya. ¡Cuánta mentira aunque fuera verdad!, me diste la espalda y las únicas contestaciones eran ronquidos. Aún lo recuerdo como si fuera ayer: el frío, la madrugada, aquel silencio abrumador cortado por la mala postura de tu cabeza y el aire con el que llenabas el cuarto. Yo te miraba, dormida, como te había mirado siempre o casi siempre, con aquella sonrisa estúpida y aquel vacío en el pecho y esa pesadez en los hombros, que ni siquiera el gris humo era capaz de aligerar.
           
            La casa estaba enneblinada, y mis ojos, y mis pies, ambos lentos, ambos cansados, se movían del cuarto a la sala, y a veces a la puerta, ¿qué debía hacer, dejarte y ser feliz —o mejor dicho: "dejarte ser feliz"—?  Hacía tanto tiempo que no te escribía una carta, que no jugaba a mandarte papelitos con cera de colores y una moneda de diez centavos como sello, ni siquiera unas líneas: creía que sería suficiente con decirte al oído y en un susurro o gritártelo a la cara: "te amo". Cómo si aquellas palabras pudieran corregir todo el mal del mundo, o como si aquellas palabras, pudieran encerrarnos en una burbuja para no ser tocados por ese mal del mundo.

            Siempre creí que las risas nos salvarían y si no, aún estaban las guerras de saliva y de mocos buscando la piel del otro, o las almohadas, y las  palestinas a cuadros verdes y negros volando de un lado a otro de la cama, como volaban los calzones y los suéteres buscando las caras risueñas y las lenguas burlonas, como volaban después los besos y nuevamente las risas.

            ¡Cuántas risas no nos iluminaron aquellas noches oscuras cuando ninguno quería ser comido por los monstruos que salían de sus escondites detrás de las sombras al apagar la luz! Cuántas risas, gastadas en vano, cuántas miradas gastadas en vano, cuántos suspiros, cuántos respiros, cuántos "en vano". Porque de alguna forma así era tu amor, voraz, acabándose todo, y no estar satisfecho hasta tenerlo por completo, así como tú, y entonces te juré en silencio fidelidad, y aunque callado, tú te dabas cuenta de mi juramento, todos los días a tu lado, a todas horas, en todo momento, durante tantos meses, durante tantos problemas.
           
            ¿Qué no recuerdas que fui yo, y no él, quien estuvo contigo después de tu operación? Quien con disgusto estuvo ahí sacando los gastos sobre un solo par de hombros. Que fui yo quien lavó las sábanas de los pelos gatunos, para evitar que se te metiera cualquier bicho por alguna de tus heridas a las que yo bauticé con el nombre de tus hijos adoptivos de la escuela, de aquellos escuincles capaces de hacer a cualquiera desear no tener hijos por más que significara el fin de nuestra especie. Fui yo quien seguí consiguiendo lo de la comida, lo de la cena, lo de tu desayuno. Aunque solo fuera un pan y una leche de cuadrito con sabor a chocolate y siempre sonriente.
           
            Pero en aquel momento yo no sabía nada de esto aún, de haberlo sabido hubiera dejado apagado mi teléfono después de dejarte esa carta que tanto pedías, y salir de puntitas, con el mayor sigilo, con el mayor cuidado, de no interrumpir tu sueño. Sí, una carta y aquellos papelitos en donde pedía disculpas por no haberte podido llevar a comprar tu helado de yogur. Sin embargo no lo conseguí, no aguanté, prendí mi teléfono y en el justo instante que la señal agarró, entró tu llamada, podría haber colgado o dejarlo sonando, pero no pude. Sabías dónde estaba. Era uno de los puntos que conocías adonde iría a trabajar en el semáforo, llegarías a él tarde o temprano y sabías también, que tendrías que apurarte, pues al final, en la tarde, no regresaría a casa y me habrías perdido. Me lloraste tanto como se puede llorar a alguien, lloraste hasta que los ojos en lugar de verdes se te hicieron grises y chiquitos, lloraste... y nos abrazamos, no podíamos engañar a nadie, queríamos estar juntos, y entonces, con un beso, tus ojos nuevamente se agrandaron y se volvieron nuevamente verdes. Y no quisiste más cartas de mí, pues al parecer mis mejores letras estaban llenas de tus lágrimas y de las mías,  me pediste otra oportunidad...

            ¿Por qué no me dejaste ir en ese momento?

            Pasaron las semanas, y no escribía tanto como querías tú o como quería yo. Pero la verdad, a mí no me importaba, bastaba con esas noches de amor, aquellas noches de carne, sudor, gritos, semen, que eran el preludio para lo más importante: acostarme en tu pecho, o mirarte serena, y relajada, con tu sonrisa de niña y con tu rostro bello y a la vez tosco, la frente y las encías prominentes que me causaron tu distancia cuando las comenté a los pocos días de conocerte, que, sin embargo, no restaban tu belleza después de tantos años de estar juntos. Y yo te veía, con tu nada tierna boca abierta liberando saliva, y para mí, no eras nada más que tierna. Qué importaba las locuras que hacías, los enojos que te esforzabas en compartir conmigo, las rabietas a media noche donde salías descalza para que te persiguiera entre piedritas y pasto, si al final del día, y a mitad de la noche, yo podía verte ahí, serena, etérea, después de haberme convencido para que regresara al cuarto a dormir a tu lado. Qué tonto, de haber sabido habría aprovechado todas aquellas noches para dormir contigo, pero es que a tu lado uno se cree eterno y capaz de darse el lujo de desperdiciar una que otra noche en berrinches y en otro cuarto... porque al día siguiente, a la noche siguiente, a las horas siguientes, cuando las cosas recuperaban su normalidad, y yo podía verte entre sueño y sueño tan plena, tan linda, tan fresca como para calmar mi sed de miedo, y dejarme saciado de valor para salir nuevamente, al día siguiente, un rato a aquel mundo que no me gusta y del que tanto huyo. Todo eso con solo verte dormida, todo eso con solo verte despierta a mi lado, atrapada por la cama y el aroma que te gustaba encontrar en mi cuello y en mi barba; igual que el aroma que me atrapaba a ti en tu cabello o tus axilas, y  que tanto te apenaba ¿Es que no te dabas cuenta que cuando amas a alguien, no hay parte que no ames, y generalmente amo más, las que menos amas, como tus estrías, tus entradas... y tu explosiva manera de reír?
            ¿Y qué pasó después? El mejor y el peor regalo de cumpleaños, ya tardío, como suelen llegar las buenas cosas, me intentaste seducir en secreto, y yo desconfiaba de aquella nueva admiradora que tantas cosas de mí quería saber, sin embargo, a ti te lo decía, te decía de las pláticas y te decía del ligue y te decía del juego, y de aquellas cosas que no me importaban y que tú notaste. Te decía tanto que no vale la pena volver a decir, y que solo digo por no omitir nada.
            Te decía lo que querías escuchar, te decía que te había engañado, qué más podía decir si las verdades de que no lo hacía no me las querías creer. Y entonces, nuevamente hubo lágrimas. Y nuevamente te dije que me iría, como me había ido en otras ocasiones antes. Pero nuevamente no me dejaste y entonces llegó tu cumpleaños, sin dinero, el semáforo y la malabareada no daba tanto como quería, y en tu cumpleaños solo pude comprarte un mísero helado de chocolate, y una flor que fue descubierta antes de tiempo, una flor que te había dado la oportunidad de ponerte a mano y ahora ser tú la que arruinaba la sorpresa, mísera sorpresa, pero con sincera intención, una rosa roja, quizá más roja que la de Wilde, quizá más roja que la de la Bestia porque era real y no de letras. Pero zaz, al final descubierta, con mi cara de sorpresa y mi gesto maldiciendo. Una de cal por las que van de arena. Y cuántas de arena no había echado yo, siempre con el comentario imprudente, con la acción imprudente, con el beso fallido, con el abrazo más corto de lo que te hubiera gustado.
            Así más o menos pasaron unos días, quizá semanas, entre risas y juegos, y noches de películas y más monstruos acechando a los que poco a poco les dejabas de temer; pero siempre con juegos y deudas de chocolates. Y entonces nos teníamos que poner a hacer cosas, porque las camas nos consumían, la comodidad nos consumía, la costumbre nos consumía, una costumbre que todo mundo podría tachar de insana y que al final, me vale madres, porque era tuya y era mía. Pero insisto, no podía seguir así, cuando creíamos en el punto más seguro uno del otro, tú encontraste por fin una obra de teatro en la que participar, porque amas el teatro, eso no lo olvido, como no olvido el tatuaje que algún día te harías, con las máscaras de la comedia y la tragedia unidas en un dibujo minimalista.
            Y entonces, cuando planeábamos un nuevo viaje, la máscara de la tragedia se colgó del rostro de mi tío. Un accidente en moto, diez días después había muerto, yo lo tenía ahí, de repente dejó de respirar mientras dormía unos minutos, todo un desmadre, papeleos, idas y venidas de un lugar a otro y el traslado. Un último viaje con él, escoltando la carroza por las carreteras de Guanajuato, Querétaro y la Capital. Una semana deprimido y después tú ya no me aguantabas, volví a buscar lo que no debí haber buscado, y volví a encontrar lo que no debí de haber encontrado. Mi peor error, te corrí de la casa, al día siguiente pedí disculpas, una semana para pensar las cosas. Yo no quería, pero la tomaste, con cuatro kilos de mi ánimo y el aire que me daba la cajetilla y media de cigarros. Al regresar, al darme tu respuesta, te llevaste otras tantas noches de sueños y otros doce kilos de ánimo entre lágrimas e ilusiones. Lo demás, ya lo sabes, ha sido un desmadre que he escrito, y es curioso ver cómo algunas cosas no paran de salir, algunas cosas no cambian, como mi espera, y tu ausencia. Como esta falta, y ya, así, a secas, sin más palabras… salvo los cinco puntos suspensivos, uno por letra, de ese pueril: “Te amo (.. …)”.