No sé si la cirrosis
o el enfisema
o la soledad
o algún virus raro de gato
no sé si la calvicie
o la nostalgia
o la tristeza
o la añoranza
no sé si los deseos
las fantasías
la nicotina
o el alcohol
(o la repetición)
o los teXXXtos
no sé si los corajes
o los riñones
o los sueños
o las pesadillas
o el hambre
o el desvelo
o la realidad
o la vida
o hasta la misma muerte
o hasta la puta muerte
o hasta la chigada muerte
o hasta la muerte
a secas
sin adornos
sin adjetivos
sin nada
desnuda
agarrándome
a medio sueño
a media paja
o a media esperanza
en total abandono
a pelo
al chingadazo
al frío
(o al infarto)
al abandono
(o al cáncer)
al olvido
(o a la embolia)
al adiós
((o al sarcoma)
al perpetuo adiós
( o a la chingada
bien y bonito
a la chingada)
Ociosilandia, actualmente es un blog donde publicaré ideas y alguna que otra reseña o yo qué se. Lo único que quiero aclarar es que los textos literarios se han trasladado a las siguientes páginas y allí seguirán siendo publicados los nuevos escritos: http://www.liibook.com/usuarios.php?ID=11930 **** http://wattpad.com/Marcojp **** http://es.scribd.com/Marcojp **** http://issuu.com/marcojuarez4
lunes, 2 de junio de 2014
Me muero
martes, 20 de mayo de 2014
A la espera
A veces siento que estoy bien. Desgraciadamente creo que mi producción literaria lo confirma. Estoy en un punto en el que no encuentro la manera de escribir una historia que me nazca de las entrañas, que me emocione hasta las tripas y me haga desvelarme pegado al teclado diez, doce, quince horas, transcribiendo historias. No ha habido producción poética donde me sacaba tres, cuatro, seis poemas buenos en una noche. Lo único que pasó es el alcohol, es raro, casi diario bebo, pero ya no me emborracho, no porque sea inmune a Baco, más bien, porque bebo disfrutando el trago (pero aun cuando termino ebrio, sigo seco). Antes, cuando bebía, me terminaba hasta la madre y entonces: pum! Líneas de literatura, entre mediocre y excelente, juegos, hallazgos, lo que fuera. Hoy, y desde hace varios meses, mi vida es estable, está estable. Y yo mientras no soy más que... pues no sé, un "artista" de crucero que aguarda el momento de emoción exacerbada que desborde litros y litros de tinta virtual. Quizá un guion, otra novela, un conjunto de cuentos o un poemario, cosas que tengo atoradas a medio proceso y que esperan ahí, a que llegue ese algo que las desgrane...
domingo, 27 de abril de 2014
Falso regreso
Cierto es que tengo mucho tiempo sin publicar, quizá o haya nada que decir en estos momentos (bueno, el face está atascado de notas), la verdad es que hay momentos en los que no sale nada y uno solo se dedica a practicar, así que esto es un ejercicio que me puse. A ver qué tal.
EL CHINGADO GATO
Cierto es que pese a todos los años que llevaban cargando en la espalda y sobre todo en algunas partes de la cara, él seguía teniendo cierto miedo a los roedores, así que cuando ella encontró un par de calzones agujerados (no por el uso), no quiso asustarlo. No es que su esposo tuviera desagrado a los animales peludos como suelen tenerlo algunas personas, pues habían tenido durante quince años dos perros y un gato, pero un roedor era otra cosa. Y entre no saber si era rata o ratón, la esposa decidió que lo mejor sería mantener el secreto, y evitar los gritos. Por ello, un día, mientras él iba a la tienda de tabaco en el centro, ella sacó toda la ropa del viejo ropero, encontró un hoyo muy simétrico, y más ropa con agujeros. Sacudió todas y cada una de las prendas para hallar al culpable, pero no lo logró. Cuándo el esposo regresó del centro, y la vio con toda la ropa tirada a diestra y siniestra, preguntó si necesitaba ayuda; y aunque la idea sonaba agradable, prefirió decirle que no, para evitarle el disgusto a su marido.
Con el paso de los días, los hoyos fueron apareciendo en más telas, y la esposa estaba desesperada por no encontrar a la transgresora visita, por ello decidió decirle a su esposo lo que pasaba, para que fuera preparándose si llegaba a enfrentarse a tan despreciable criatura (y también para que la ayudara a escombrar su desastre). Sereno, el esposo, le comentó que por qué no compraban un pinche gato. Después de meditarlo unos minutos, ella dio la negativa. Él no quiso insistirle, no porque pudiera salir una pelea, pues llevaban años sin pelear, habrían aprendido a ignorarse de forma selectiva; en realidad no quiso porque sabía que aún le calaba en el pecho el último gato que habían tenido cinco años atrás, y del cual se habían encariñado como un hijo a falta de estos. Así que no quiso insistir.
Prefirió probar con las trampas, y también decidieron dejarlas después de que una de ellas le había prensado el dedo al esposo mientras caminaba descalzo al baño, además nunca hubo ni una pérdida de algún trozo de queso (quizá al ratón no le gustaba el queso, pensó ella). Compró comida envenenada y tampoco evitó que los hoyos siguieran apareciendo.
El esposo nuevamente le comentó que compraran un puto gato.
Ella validó por un momento más grande que la vez anterior la posibilidad, pero terminó por bufar su negativa.
Las cosas empeoraron, ya no era posible salir a la calle con ropa sin hoyos, y el mentado ratón no aparecía. Quizá el gato no era tan mala idea, pensó ella. Después recordó cómo se deprimieron ella y su esposo, sobre todo él, y pensó en que no estaba dispuesta a aceptar otro mes de llantos intermitentes en las noches. Así que siguió su búsqueda...
Después de dos meses sin frutos, y con calzones, blusas y suéteres agujerados había pensado en dejar que el inquilino hiciera de las suyas. Parecía que la pequeña bestia era inalcanzable, y por primera vez durmió tranquila, tan tranquila que escuchó en plena oscuridad, cómo arañaban o roían, o algo, un ruidito chiquito que venía de algún lugar. Se levantó de la cama sin hacer ruido para no espantar al animal y siguió el sonido, no prendió las luces, pero escuchaba a la perfección algo en la cocina, aunque mientras más se acercaba más nítido se hacía el sonido y más creía que se trataba de algo diferente a un animalito. Dudó si regresar al cuarto y avisarle a su marido, hasta el momento en que le llegó a la nariz el olor a pipa. Prendió la luz de la cocina y encontró a su marido con un sostén en la boca.
--¿Qué carajos haces? --le preguntó la esposa.
--Ya te dije que quería un chingado gato.
EL CHINGADO GATO
Cierto es que pese a todos los años que llevaban cargando en la espalda y sobre todo en algunas partes de la cara, él seguía teniendo cierto miedo a los roedores, así que cuando ella encontró un par de calzones agujerados (no por el uso), no quiso asustarlo. No es que su esposo tuviera desagrado a los animales peludos como suelen tenerlo algunas personas, pues habían tenido durante quince años dos perros y un gato, pero un roedor era otra cosa. Y entre no saber si era rata o ratón, la esposa decidió que lo mejor sería mantener el secreto, y evitar los gritos. Por ello, un día, mientras él iba a la tienda de tabaco en el centro, ella sacó toda la ropa del viejo ropero, encontró un hoyo muy simétrico, y más ropa con agujeros. Sacudió todas y cada una de las prendas para hallar al culpable, pero no lo logró. Cuándo el esposo regresó del centro, y la vio con toda la ropa tirada a diestra y siniestra, preguntó si necesitaba ayuda; y aunque la idea sonaba agradable, prefirió decirle que no, para evitarle el disgusto a su marido.
Con el paso de los días, los hoyos fueron apareciendo en más telas, y la esposa estaba desesperada por no encontrar a la transgresora visita, por ello decidió decirle a su esposo lo que pasaba, para que fuera preparándose si llegaba a enfrentarse a tan despreciable criatura (y también para que la ayudara a escombrar su desastre). Sereno, el esposo, le comentó que por qué no compraban un pinche gato. Después de meditarlo unos minutos, ella dio la negativa. Él no quiso insistirle, no porque pudiera salir una pelea, pues llevaban años sin pelear, habrían aprendido a ignorarse de forma selectiva; en realidad no quiso porque sabía que aún le calaba en el pecho el último gato que habían tenido cinco años atrás, y del cual se habían encariñado como un hijo a falta de estos. Así que no quiso insistir.
Prefirió probar con las trampas, y también decidieron dejarlas después de que una de ellas le había prensado el dedo al esposo mientras caminaba descalzo al baño, además nunca hubo ni una pérdida de algún trozo de queso (quizá al ratón no le gustaba el queso, pensó ella). Compró comida envenenada y tampoco evitó que los hoyos siguieran apareciendo.
El esposo nuevamente le comentó que compraran un puto gato.
Ella validó por un momento más grande que la vez anterior la posibilidad, pero terminó por bufar su negativa.
Las cosas empeoraron, ya no era posible salir a la calle con ropa sin hoyos, y el mentado ratón no aparecía. Quizá el gato no era tan mala idea, pensó ella. Después recordó cómo se deprimieron ella y su esposo, sobre todo él, y pensó en que no estaba dispuesta a aceptar otro mes de llantos intermitentes en las noches. Así que siguió su búsqueda...
Después de dos meses sin frutos, y con calzones, blusas y suéteres agujerados había pensado en dejar que el inquilino hiciera de las suyas. Parecía que la pequeña bestia era inalcanzable, y por primera vez durmió tranquila, tan tranquila que escuchó en plena oscuridad, cómo arañaban o roían, o algo, un ruidito chiquito que venía de algún lugar. Se levantó de la cama sin hacer ruido para no espantar al animal y siguió el sonido, no prendió las luces, pero escuchaba a la perfección algo en la cocina, aunque mientras más se acercaba más nítido se hacía el sonido y más creía que se trataba de algo diferente a un animalito. Dudó si regresar al cuarto y avisarle a su marido, hasta el momento en que le llegó a la nariz el olor a pipa. Prendió la luz de la cocina y encontró a su marido con un sostén en la boca.
--¿Qué carajos haces? --le preguntó la esposa.
--Ya te dije que quería un chingado gato.
lunes, 17 de febrero de 2014
Explicación
No te engañes. No estoy pidiendo la segunda (tercera, cuarta, décima o centésima) oportunidad. Tú dejaste de ser en el momento en que te fuiste; en aquel instante que abdicaste de tu nombre, aquel nombre, con el que te conocí. Yo no te quiero de vuelta, yo no te quiero a ti. Yo quiero a aquella que fue y, que el tiempo, ha marcado (con hierro incandescente) en la memoria de quien no volverás a ser. No te engañes: yo no te pido a ti, pido a ella, la que bautizada con un bisílabo de fonemas repetidos, se marchó.
No te engañes, tú te fuiste, y extraño aquella que se marchó con ese bisílabo con el que me nombró: Go, go... no te engañes, tú te fuiste; y al hacerlo, se marchó ese que había sido yo. Go, go, me dijiste; y yo acepté, diciendo con la voz de un niño: Dí, dí.
No te engañes, tú te fuiste, y extraño aquella que se marchó con ese bisílabo con el que me nombró: Go, go... no te engañes, tú te fuiste; y al hacerlo, se marchó ese que había sido yo. Go, go, me dijiste; y yo acepté, diciendo con la voz de un niño: Dí, dí.
Hidden track
No sé, no creo que sea la incertidumbre; en realidad no hay incertidumbre, hay certezas, la certeza de que no estás. Así, a secas, tan real como el mundo dando vueltas después del segundo vaso bien servido de ron. Así, a secas, a duras penas, a duras realidades, a duras certezas. Ahora me pregunto si alguna vez estuviste; si realmente existías, y no se trató solo de una extraña fantasía que construí por más de dos años. A veces pienso que no estabas, que yo dormí durante más de dos años a solas en una cama individual, que yo era el que roncaba y me despertaba con mis mismos ronquidos, que yo mismo estaba harto de mí y me quería aventar de la cama cada vez que roncaba, pero en lugar de verme a mí, te veía a ti.
Estabas ahí. Yo te recuerdo. Eras una sombra con cabellos dorados y piel clara, y ojos verdes que cuando lloraban, más que verdes parecían grises. Yo te veía ahí, no era mi reflejo en aquel pequeño espejo, con la imagen distorsionada de unas encías grandes, y unas entradas más pronunciadas que las mías. Yo te acuerdo, yo me acuerdo, yo te conocí, aunque ahora no quede más que una sombra, una sombra que me acompañó en viajes que no puedo volver a hacer. Una sombra que me decía a ratos, a veces en la mañana o en la tarde: te amo. Una sombra que me mandaba un mensaje de buenos días, cuando no despertaba a mi lado. Una sombra, quizá la mía, o quizá, en realidad era yo la sombra. Una sombra tuya, seguramente eso es lo que soy, soy una sombra de tus manos, en una noche ociosa de velas o veladoras mientras la luz regresa, donde cuentas a alguien la historia de una sombra que era tuya, y que abandonaste en algún lugar que ya no recuerdas (o no quieres recordar)... mientras lo arrullas, y lo abrazas, y lo asombras, con esta historia de sombras, donde a mí, no me recuerdas, donde a mí ya no me nombras. Y lo besas en la frente, y lo besas en los labios, y con un suspiro que no parece más suspiro, apagas la vela, y me apagas, y me olvidas; así, a secas; mientras le dices: te amo.
Edel Juárez – Mientras dure
Estabas ahí. Yo te recuerdo. Eras una sombra con cabellos dorados y piel clara, y ojos verdes que cuando lloraban, más que verdes parecían grises. Yo te veía ahí, no era mi reflejo en aquel pequeño espejo, con la imagen distorsionada de unas encías grandes, y unas entradas más pronunciadas que las mías. Yo te acuerdo, yo me acuerdo, yo te conocí, aunque ahora no quede más que una sombra, una sombra que me acompañó en viajes que no puedo volver a hacer. Una sombra que me decía a ratos, a veces en la mañana o en la tarde: te amo. Una sombra que me mandaba un mensaje de buenos días, cuando no despertaba a mi lado. Una sombra, quizá la mía, o quizá, en realidad era yo la sombra. Una sombra tuya, seguramente eso es lo que soy, soy una sombra de tus manos, en una noche ociosa de velas o veladoras mientras la luz regresa, donde cuentas a alguien la historia de una sombra que era tuya, y que abandonaste en algún lugar que ya no recuerdas (o no quieres recordar)... mientras lo arrullas, y lo abrazas, y lo asombras, con esta historia de sombras, donde a mí, no me recuerdas, donde a mí ya no me nombras. Y lo besas en la frente, y lo besas en los labios, y con un suspiro que no parece más suspiro, apagas la vela, y me apagas, y me olvidas; así, a secas; mientras le dices: te amo.
Edel Juárez – Mientras dure
Un poema que se cuela
No cabe duda de que la mejor musa, es una serie de enlaces químicos a los que bautizaron al alcohol. Brandy, Vodka, Wishky o (mi favorito) Ron.
Vuelves y te vas
entre las conchas de ostras viejas
(sin perlas;
las robaron)
y cartuchos de dinamita que se cebaron
entre miradas vidriosas
entre escupitajos secos
vienes y te vas
entre sueños
entre pesadillas
entre la orden de tacos
(dos de pastor, tres de tripa...
harta salsa, por favor)
En el buró hay dos pastillas
(que alientan abstenerse de ser ingeridas con alcohol)
de color blanco
como velos
y vestidos
o vestiduras
de satín y madera
en la ventana
cuatro pisos para un suelo
a 9.8 mts sobre segundo al cuadrado
ergo
un buen madrazo
quizá la muerte
quizá una contusión lisiadora
incertidumbre
un tedio
un cigarro
un tintero
posponer un futuro
que nos alcanza
tal vez mañana
tal vez mañana
una bocanada
de aire
de humo
tal vez mañana
un trago de ron
que confirma
tal vez mañana
Vuelves y te vas
entre las conchas de ostras viejas
(sin perlas;
las robaron)
y cartuchos de dinamita que se cebaron
entre miradas vidriosas
entre escupitajos secos
vienes y te vas
entre sueños
entre pesadillas
entre la orden de tacos
(dos de pastor, tres de tripa...
harta salsa, por favor)
En el buró hay dos pastillas
(que alientan abstenerse de ser ingeridas con alcohol)
de color blanco
como velos
y vestidos
o vestiduras
de satín y madera
en la ventana
cuatro pisos para un suelo
a 9.8 mts sobre segundo al cuadrado
ergo
un buen madrazo
quizá la muerte
quizá una contusión lisiadora
incertidumbre
un tedio
un cigarro
un tintero
posponer un futuro
que nos alcanza
tal vez mañana
tal vez mañana
una bocanada
de aire
de humo
tal vez mañana
un trago de ron
que confirma
tal vez mañana
miércoles, 12 de febrero de 2014
Intento fallido
Últimamente no tengo mucho tiempo, sin embargo, siempre existe la manera de encontrar un descanso para ponerse a pensar en todo lo que debería estar haciendo en lugar de cualquier otra cosa que haga... lo sé, suena raro. Pero no es porque esté mal escrito; según lo que he podido constatar últimamente, soy una de las personas que mejor manejan el lenguaje (según comentarios de otras personas que, precisamente, tienen como trabajo: el lenguaje). Tiene que ver con una suerte de juegos que hago a la hora de escribir. Pero bueno, nada de eso compete a esta entrada, solo quizá la primera parte; y es que en verdad no tengo mucho tiempo, ando constantemente saturado por diversas cuestiones que no necesariamente tienen una relación directa con escribir (tal vez por eso es que estoy permitiéndome hacer esto, pues crear una entrada es escribir). Lo más extraño de todo, es cómo pese a todo lo demás que me come el tiempo, mi cabeza siempre encuentra espacio para divagar, puedo estar a medio camino rumbo al metro y voy divagando a pasos, o también divago entre bocados... divagar, divagar y recordar. Soy un ente que vive en su cabeza la mayor parte del tiempo, cuando estoy a solas, el ruido que más constantemente sale de mí es una sonora carcajada. Supongo que por eso es que puedo escribir tan bien: el ser humano siempre ha tenido la necesidad de expresarse, mi deficiencia e incapacidad para expresarme oralmente, ha hecho que pueda hacerlo de mejor manera cuando escribo. Y sí, escribo, ¿pero y luego qué?, ¿qué hago, qué más hago? Me hago bolita, me acuesto en piso, y como decía mi fallecido tío, me cubro los huevos y la cara. Así, en esa posición (metafórica), me sigo transitando la vida (o me sigue transitando a mí, porque luego se siente como si pasara por encima y reventara una o diez costillas); en realidad no me disgusta, es muy agradable pero... ¿funcional? A veces, claro que sí, porque con mis amigos puedo hablar a la perfección, o quedarme perfectamente callado...
Hay algo, sin embargo, siempre hay algo que me molesta... y aunque intuyo que lo sé sin empacho, parece que tengo miedo de eso que ni siquiera sé qué es. Me doy cuenta de que está ahí escondido porque quisiera decirlo (quería decirlo aquí, para ver si mi problema no se relacionaba con el Facebook) pero no puedo, y lo siento ahí, tal como se siente cuando un barro te va a salir, y aunque no lo veas, sabes que está. Supongo que con todo y ese conocimiento, no me queda más que esperar a que salga y reviente. Ya sea solito, o con un buen pellizco; solo espero que salga ya. El mutismo y la autocensura son de las pocas cosas que no sirven para ser escritor...
Hay algo, sin embargo, siempre hay algo que me molesta... y aunque intuyo que lo sé sin empacho, parece que tengo miedo de eso que ni siquiera sé qué es. Me doy cuenta de que está ahí escondido porque quisiera decirlo (quería decirlo aquí, para ver si mi problema no se relacionaba con el Facebook) pero no puedo, y lo siento ahí, tal como se siente cuando un barro te va a salir, y aunque no lo veas, sabes que está. Supongo que con todo y ese conocimiento, no me queda más que esperar a que salga y reviente. Ya sea solito, o con un buen pellizco; solo espero que salga ya. El mutismo y la autocensura son de las pocas cosas que no sirven para ser escritor...
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