domingo, 22 de junio de 2014

Liberarse de un alma

Destierro de un alma a base de narcóticos, suspiros y esas madres. Llenarse de todo lo que se pueda, hasta que el cuerpo se hinche de tanta llenadera y no le quede otra cosa que empujar el alma pa'fuera, expulsarla de una buena vez y dejar en su lugar humo y alcohol, humo y químicos, humo y humo, y a veces un poco de aire, y seguir metiéndose hasta los dedos con tal de que no quede un hueco por donde quiera entrar de vuelta, meterse los dedos por la nariz y por la cola, meterse los dedos por los ojos, hasta estar seguro de que ahí no caben más que ojos, y en la nariz no caben más que mocos, y en las orejas un poco de cerilla y algún bicho que se ha colado, pero nada de elementos sobre naturales, no más almas, ni propias ni ajenas, rellenar los huecos que dejan cuando se marchan a base de cemento y sudor, a base de gemidos, a base de vómito y mareos, y nostalgias, y desfantasías y desueños. Rellenarse a base de vacío, de oscuridad y de nada; salir a la calle mientras llueve para llenarse de enfermedad y de alegría, de un resfriado, de una neumonía. Llenarse de gotitas y de humedad los pulmones, llenarse el hígado de piedras y la sangre de grasa, llenarse de desesperanza, ante este mundo y esta vida, ante el sujeto que aparece en el espejo y en los recuerdos y, si se ha hecho bien hasta ahorita, el que estaba en las fantasías.

Reminiscencias

--Hola.
--¿Sí?
--Hola.
--No, otra vez tú.
--Síííí.
--No mames, pensé que ya estabas muerto, habíamos quedado que ya estabas muerto y que la última vez que te vería, o que sabría de ti, sería en la novela.
--Lo siento. Así funciona esto, preciosa.
--No me jodas. Pero... pero... pero, te habías muerto. No mames.
--No puedo morir, soy parte de ti.
--Pero no estoy tan ebrio. ¿Para qué apareces?
--Soy el fantasma de las navidades pasadas y te vengo a recordar las cosas.
--No mames, qué cosas.
--Tú sabes qué cosas.
--¿Y no se te había ocurrido que no quiero saber de ti otra vez? Ya de había dejado morir en paz, tuviste una bonita muerte. Hay lectores que me han dicho que hasta lloraron con tu muerte.
--No puedo morir.
--Vales verga. ¿Qué quieres?
--Que dejes de cagarla.
--¡Ahora qué hice!
--No mames, qué estás haciendo... estás enamorándote de una morra que tiene novio (¿te suena familiar?).
--No es así como pasan estas cosas.
--A ver, aguanta, no me estoy poniendo como antes, no tengo ira, hasta parece que somos el mismo (otra vez).
--Porque en realidad, hasta en la novela, siempre fuimos el mismo.
--Vales madre.
--No, tú vales madre, Mario.
--Marco, Marco, Marquito.
--No me digas así, así me dice ella.
--Lo sé. Yo sólo estoy aquí como recordatorio. Como advertencia a tantos cigarros y tantos litros de alcohol diario.
--No son litros. Vas a asustar a nuestros lectores.
--Ok, sé que no son litros, pero los asustas tú, con tus publicaciones donde parece que no sólo son litros sino galones.
--Es parte de la ficción.
--Sigues siendo un fraude como escritor.
--Y tú sigues siendo un pretexto para escribir cosas raras.
--Ok, te lo concedo. Pero aun así sabes que te estás metiendo en problemas.
--Siempre nos metemos en problemas.
--Sí, pero generalmente lo escribes cuando ya pasaron, ya que sabes cómo es el final de las cosas. Y aquí estás a la deriva. Como un barquito de papel miniatura esperando no ser tragado por el desagüe del inodoro.
--Tengo miedo.
--No mames, tú nunca tienes miedo de esas cosas. Lo que pasa es que realmente lo quieres. Quieres que esa morra se quede contigo, y no te puedes aguantar tanto las ganas que me has revivido para platicar con alguien, porque, otra vez, estás solo.
--Te odio.
--No es cierto. Soy tu mejor amigo, soy el único que siempre está y que siempre tiene palabras para ti, ya sean de aliento o desaliento.
--Eso no quita que te odie.
--Ok, me odias. Yo solo vine a que tomaras conciencia de que estás pensando mucho en un morra que ha tenido más penes que tú en la mano.
--Pendejo, yo sólo he tenido mi propio pene en la mano.
--Y el mío.
--Si eso fuera verdad, sólo lo sería porque es el mismo pene.
--Para el caso ha tenido muchos, muuuuuchos más de los que te gustaría saber. Así que sólo vengo a recordarte que estés consciente de ello y que no fantasees de más. Como se lo dijiste a tu amiga la otra vez: no te enamores solo. No le hagas la chamba a esa morra.
--Te odio.
--Lo sé, soy esa parte sensata de ti. Está chido, está guapa, alta, es inteligente, es buena onda, te hace reír, tiene un carácter poca madre y está bien rota (además de sus ojos claros que no parecen ojos claros). Es todo lo que te gusta. Te mueve la hormona, el ego (nada más para joderte quiero recordar que es modelo) y el intelecto (su promedio en su universidad es de 9.7... tsss, no mames, es hasta más inteligente que tú). Y, además de esas tres cosas, te mueve las entrañas porque vive en el abismo. Te vas a dar bien bonito en la madre aunque no pase nada. La cagas, pero la aventura está poca madre. Trata de que dure lo suficiente. En estos días ya le has escrito páginas y páginas de textos. Es buena musa. Trata de no cagarla y no la asfixies. Sólo venía a eso. Ahora puedo regresar a mis cenizas que soplaste al amanecer por la ventana. Por cierto: NO LA CAGUES!!!!!

sábado, 21 de junio de 2014

Para seguir callando

Tú le escribes a ella, lo revisas, lo corriges, dudas. Lo ocultas. Esperas que algún día lo lea sin leerlo. Esperas que sienta lo que escribes. Desde hace un tiempo piensas en ella, la tocas en ese calor que se acumula en tu cuarto, sientes que te toca en ese frío que se acumula en tu cuarto. Le sigues hablando en silencio y a escondidas, esperas que te hable, que te cuente de sus frustraciones, de sus miedos y sus planes a futuro. No te das cuenta de que te involucras, de que la anhelas acompañarte algunas noches en la cama. No por el hecho de cogértela, no por el hecho de tocarla; por la compañía, por su aroma, por la vitalidad que irradia, como si supieras que aquella vitalidad te revitaliza, como si quisieras ignorar que se vacía, que se expone y se sigue vaciando. Sientes que se vacía hasta la muerte, en su sonrisa se vacía. Y quieres ser el tapón que la ayude a no derrarmarse entera, el tapón que pare el seguir manando a esa herida que es su sonrisa. Pero esa sonrisa te da vida, te hace pensar que a veces puede sonreírte por algo más que la fantasía de una amistad sincera. Te da vida pensar que esos labios que le enmarcan la carcajada se cierren en torno a tus labios, que esos ojos curiosos paren su curiosidad en tus pupilas, detengan el tiempo. Ella es ella, así como se ha mostrado, en esa sincera caricia de su voz áspera y grave, en esa caricia que se detiene tras de sus anteojos, y que, a veces, se muestra en la necesidad de un abrazo, donde se quita los lentes y llora sobre tu hombro. No te gusta que llore, pero sabes que los ojos se le hacen más bonitos cuando se le caen unas lágrimas. Cuando le apagas la luz para que llore a gusto, y después te diga: ¿Por qué apagaste la luz? Y tú le contestes que no es nada, que sólo respetas su intimidad, y a ella no le quede más que decir que se ve fea llorando, y a ti no te quede más que decirle que es mentira, y que ella lo sabe, que ella seguirá siendo hermosa tenga una sonrisa o un llanto colgado de la cara. No te interesa mucho nada, sólo esos momentos de compañía, hasta que de pronto se aparezca en tu casa, y te acompañe en la bebida, y platiquen horas en otras lenguas, y beba, y sigan bebiendo; hasta que le gane el sueño, y te pida dejarla dormir y le ofrezcas tu cama, y ella te ofrezca dormir a su lado. No seas mentiroso, esto ya lo habías fantaseado, te toma por sorpresa sin tomarte. Tú sentías que sólo era cosa de estar un día a solas, de dejar que se desvistan los tapujos y las moralidades, de abandonarlos o beberlos con ron hasta que desaparezcan. Tú sabías, ella te lo había transmitido: el día que estuvieran a solas algo pasaría. ¡Y entonces qué haces! Le haces piojito, con un brazo que le sirva de almohada, y la escuchas plácida y placentera sentir las caricias, y la sientes mover su cuerpo hacia el tuyo, y te dejas llevar hasta que la culpa te detiene, hasta que ella misma platica, hasta que se queda dormida otra vez, y te dices a ti mismo que es momento de parar, que hay que ser sensato y no hacer nada porque tiene novio, y no quieres que engañe a su novio, no quieres ser motivo de culpa, no quieres que por ti pase lo que sabes que tiene que pasar y, más aún, no quieres ser uno más. Uno de esos que sólo la han visto como objeto, como una chica guapa, linda, hermosa, con la cual sacarse una tercia de orgasmos, para pensar después en ella, pero no como un ella, sino como esa muñequita que coge rico, a la que sólo se la quieren coger otra vez. No, tú lo que quieres es la niña asustada detrás de esa máscara de mujer liberal. Tú lo que quieres es lo que tiene atrás del pecho y no del brassier. Y entonces respetas, le haces piojito y evitas los embates de su cadera que busca tu pelvis, y sólo la quieres plácida y apacible, recostada a tu lado, como esa promesa de un beso que será algún día, y será sincero y será, sobre todo, incierto. Pero eso no evita tu duda, tu sensación de que la cagaste, de que debiste aprovechar la oportunidad y cogértela; de haber sido como cualquier otro, porque nadie toma en cuenta ese tipo de detalles, y todos prefieren acordarse de la buena cogida, o de la cogida que pudo haber sido, pero que no quisiste aprovechar. Y entonces, solo te queda aferrarte a la idea de que hiciste lo correcto, y de que lo correcto fue no haberle sacado ni un beso, y olerla, y metértela en la cabeza y en el pecho, y en la imaginación y en la memoria, y en la incertidumbre. Y entonces no te queda más que la incertidumbre y la vocecilla que dice que la cagaste, y se pelea con la vocecilla que te dice que hiciste lo correcto. Y la dos tienen razón, y las dos apestan, y las dos lo saben. Y todo tú lo sabe, pero ella no. Así que callas, y escribes para seguir callando.

Not yet

Ojalá no me hubiera dicho nada. O, mejor aún, me hubiera dicho que sencillamente no le gustaba, que estaba muy feo, muy gordo, muy flaco, muy alto, muy clavo, muy pendejo, cualquier cosa diferente... Pero no, me tuvo que decir que ella sólo se enamora de gente rota y que yo no estaba tan roto como yo mismo creía. Ojalá no me hubiera dicho que ella vivía en el abismo, tratando, como yo, rescatar almas descarriadas. Qué mierda. Si no lo hubiera dicho, no habría entrado en mi cabeza la idea de irme cada vez más abajo. Porque de algo estoy seguro: cuando estuvo entre mis brazos, cuando me susurraba preguntas sobre por qué la había elegido a ella, cuando me susurraba que no me enamorara, a mí me parecía una invitación, un: pase usted joven, desmádrese hasta que no pueda más porque yo lo salvaré; y entonces no habría empezado a idear (iconscientemente) un plan para darme bonito en la madre para "dejarla que me salve", pues, la verdad, yo también quisiera salvarla a ella. Quisiera dejarle en claro que la vida es bonita por muchas cosas mierda que pasen, y hacerle ver que toda esa sarta de cursilerías, son cursis porque estadísticamente tienden a ser tan reales como las cosas jodidas. Pero no, no fue así, mientras más me decía que no me enamorara de ella, más se me metía en la cabeza, más sentía que me pedía lo contrario. Me lo dijo tanto como si fuera una letanía y, entonces, yo terminé rezando:

-- No te enamores de mí.
--Ya es tarde.
--No te enamores de mí.
--Ya es demasiado tarde.
--No te enamores de mí.
--Yo ya estaba enamorado.
--No te enamores de mí.

Y recordé que en verdad, ya me había enamorado de ella, me había enamorado mucho tiempo atrás, me había enamorado cuando la vi hace años por primera vez, pero la ignoré y el tiempo nos hizo olvidarnos un poco, me enamoré cuando hace menos de un años se metió en una charla, me enamoré cuando nos dieron un aventón a toda la bolita en el carro y yo venía estorbando el retrovisor, y me dijo que me recargara en su hombro, y me entró hasta por la nariz. Y después me volví a olvidar de que ya estaba enamorado, la consideré mi amiga y así la quería, y así la habría seguido queriendo si no me hubiera dicho y re-dicho que no me enamorara... si no me hubiera dicho que nos conocíamos de otra vida, si no me hubiera dicho que a mí me gustaba desde entonces en esa otra vida, si no me hubiera dicho "aún no estás listo", y yo no hubiera leído entre líneas: estaremos juntos pero todavía no. Not yet, my darling. Not yet, mon chérie.

Olvidos

El fregadero se le había mosqueado nuevamente. Se dio cuenta de ello mientras prendía un cigarro; mientras buscaba un vaso para servirse un poco de veneno. Claro que no era veneno para ratas, o cucarachas, era el clásico veneno socialmente aceptado que mezclaba con un poco de coca. Entonces vio el pequeño enjambre volar por la cocina, fue al baño y tomó su desodorante en spray, regresó a la cocina y prendió un cerillo ¿Y si se quemaba él mismo? Había pocas posibilidades, pero no le tenía miedo, sería una quemada inocua y rápida que dejaría un rastro olfativo como de "pollo". Apretó el despachador y quemó tantas moscas como pudo. Repitió la acción, una y otra y otra vez, y aun una más. No sabía si eran demasiadas moscas las que pululaban o en realidad se trataba de que las desgraciadas habían logrado escapar, así que dejó de hacerlo, no porque creyera que sus intentos de implementar un insecticida improvisado fueran fútiles, sino porque el aroma dulzón del desodorante estaba empezando a marearlo, por ello decidió dejar eso de lado, tomar el vaso de plástico y servir la mitad de agua, después vertió ron, el ron que tenía guardado en el congelador y que fluía espeso hacia el vaso, después rellenó con coca. Era un poco insípido, pero lo prefería al exceso de azúcar al que se había sometido durante meses y que ahora no podía soportar del todo. Quizá porque se le subía más rápido, y más que un quizá, era una certeza, el quizá, aquella duda en realidad era para averiguar si se le subía por el azúcar, le asustaba que después de dos años de tomar seguido (casi diario), el hígado empezara a mermar su funcionalidad. Terminó de servirse y saboreó con desagrado el insípido trago, después siguió fumando. Pensó que había sido una mala idea lo del desodorante, ahora el dulce pululaba, igual que las moscas por todo el departamento, un dulce olor empalagoso de chocolate, artificial: diabetes olfativa. "Ojalá esas pinches moscas mueran por diabetes en aerosol". Una idea vacía. Pero estaba acostumbrado al vacío, él mismo se consideraba lleno del mismo. Acogido y arropado por aquella vacuidad de la vida, cálida vacuidad, tan cálida como el frío que se volvía cálido después de unas horas de padecerlo, pero esta vacuidad, recién había empezado a volverse cálida, después de meses, decenas de meses acompañándolo. No era soledad lo que le hacía compañía, lo que le tomaba la mano en la calle, lo que le susurraba una canción de cuna, que sólo podía escuchar él, antes de dormir, era vacuidad, pura y llana vacuidad; vacuidad ante una vida llena de las cosas que tenía que hacer, de realizar las acciones correctas para él mismo, y de soportar el peso de los juicios ajenos que no habían calado por lo duro sino lo tupido; chipi-chipi de una vida que sabía pegar paciente pero constante, que más que llovizna parecía una neblina capaz de respirase no sólo por la nariz, sino hasta por los poros, permeándose hasta los huesos, hasta el tuétano y, si es que existía, el alma. Esa alma que se le aparecía en el brillo de los ojos cuando se miraba ebrio al espejo tratando de encontrarse en esa imagen dinámica, en un repetido dinamismo lento, que iba de arriba para abajo al mismo tiempo, mientras el resto del mundo seguía girando en su cabeza, centifrugándole constante las ideas y el ánimo, deshaciéndolo, volviéndolo una masa amorfa que se parecía a él mismo en alguno de los recuerdos que tenía de sí mismo hacía pocos años atrás; en una casa más habitada que en la que vivía, o al menos habitada por seres reales y no sólo el conjunto de fantasmas con los que platicaba en el delirio etílico o de las fiebres que lo azotaban cuando llegaba a enfermarse y que, entre las dos, le habían reducido veinte kilos de una vida pasada dentro de esa misma vida. De esa vida a la que se sentía ajeno cada vez que miraba a lo que había hecho incluso minutos antes, y que le dejaban recuerdos y dudas o, mejor dicho, recuerdos dudosos; reafirmándole que su vida, en sí misma, era dudosa, incierta y distante; como si estuviera exento a las leyes de la física y las del tiempo, como si fuera solamente una vasija de memorias y fantasías... imaginaciones, deseos, añoranzas. Toda esa vida que, se daba cuenta, sólo había vivido en su cabeza; en una cabeza que parecía no tener fondo, y donde siempre cabían más recuerdos, más memorias y más dudas, y que tenía la capacidad de vaciarse por voluntad propia, sin preguntarle siquiera, si el recuerdo que no aparecería nunca más era útil o no, si podía ser desechado o si valía la pena mandar al olvido

miércoles, 18 de junio de 2014

Asesinato 1

Hoy maté un pez
lo clavé a un palo afilado

 después maté un cocodrilo
          mientras un niño corría
lo maté a palazos
               arrancándole pedazos de cuello
con cada golpe que el cocodrilo
                                me dejaba darle
y cada golpe le quitaba
      pedazos de madera
              alrededor de su cuello
hasta que no le quedó
              más que un tubo
                        inmune a los embates
que me revelaba
      por qué me dejaba
             pegarle

 lo golpeé incluso con metal
                   pero no hacía nada
no lograba nada
       y entonces vi que el tubo
                              tenía cuerda
y entonces vi que la cabeza
                          se enroscaba
y entonces lo tomé de la cabeza
                     de su cabellera china
mientras alguien más
               le hacía girar el cuerpo
y entonces me agarró de las manos

       desesperado

 mientras lo separábamos en dos
                                        entre dos
                y yo me daba cuenta
        de que no era bestia
sino niño

 y la cabeza se le hacía ligera
y el borboteo de sangre
golpeando sonoro el piso
y la desesperación
y la culpa
el llanto

 y la condena

Sueño etílico (Yo sólo me enamoro de los que están en el abismo)

Sueños etílicos que convergen
     en una niña de piernas bonitas
   de cara bonita
                 de actitud bonita

sueños que convergen etílicos
      en una bonita voz que susurra:
"¿Por qué yo?"
    y luego susurran más
mientras le acaricio el cabello
   después de una mala noticia
que sólo escribo lo que me dictan

y susurra
    y sigue susurrando:
         no te enamores.