domingo, 31 de mayo de 2015

Avergonzado

Tengo un miedo atroz. Entre pesadillas y vagos recuerdos. Rara vez me había arrepentido de algo. Ahora me arrepiento de un acontecimiento pueril. Me avergüenzo de mí mismo y no duermo; tengo cruda de desvelo, tengo cruda moral. Me quiero arrancar el insomnio pero no puedo, cierro los ojos y pienso, y trato de recordar, pero no recuerdo. He decidido no salir más, hasta no ser más que polvo, y entonces no salir sino ser sacado por el viento, en silencio, sin que nadie se dé cuenta.

Pigmalión

Apagué las luces. A tientas tomé las cobijas y poco a poco les fui dando forma, pero la forma era inconsistente, falta de algo más. Entonces rellené de ropa, aquella vieja ropa que tenía guardada en los cajones que no había abierto y por lo tanto no había perdido su aroma. Convencí a mi recuerdo de que así es como debía de sentirse, y pasé mis manos durante horas por aquellas curvas recubiertas de seda. Abracé y aspiré, mientras el sueño me fue llegando. Era un sueño pesado, como nunca lo había sentido; Venus me iluminaba a través de la ventana, y felizmente abracé a aquel sueño alado, a aquel cansancio infinito y oscuro que transformaba al tacto la tela en carne.

Al final ambos, inertes, ya nos estamos volviendo polvo, Galatea.

lunes, 18 de mayo de 2015

De viaje

En su cabeza ya no quedaba un rostro. Sólo características imprecisas: Frente, cabello, ojos, dientes; quizá abstractas: bonita ¿Bonita? Divertida ¿Divertida? Linda ¿Linda? Algunas pasiones: la añoraba, la deseaba, la amaba ¿La amaba?

En los primeros días escuchó por ahí que le dijeron que volvería. Pensó que sería pronto, y cuando pasaron las semanas, ella parecía volver; sin embargo sólo aparecía. Después se iba. Durante un año apareció constantemente, siempre apareció en el anonimato de otros nombres. Apareció en comentarios también anónimos. Él pensaba que volvería, que quizá sólo estaba necesitando tiempo. Después se enteró que se casaba. Quizá eso es lo que necesitaba, pensó él. Juntarse con alguien para que lo extrañara, recibir la dosis de monogamia aburrida que le recordara la vieja monogamia chueca que habían tenido. Poco a poco dejó de aparecer, y él pensaba en alguna mujer que se le cruzaba de repente, pensó una y otra vez que con una y otra sería capaz de conseguir un nuevo paraíso. No era así. Ella apareció más esporádicamente, lo cual lo hacía creer cada vez que reaparecía que era para regresar; no regresaba. A él dejaron de interesarle las relaciones, las demás chicas le causaban fatiga. Tenía fatigados los ojos para mirar más, y tenía fatigados los dedos para tocar otra piel. Le fatigaba hasta la cama, el hueco entre él y el borde que prometía dejar caber a alguien más.

Vino la duda, ¿regresaría? Se habría equivocado aquellos oráculos. Desapareció por meses, casi llegó al año, reapareció en silencio, de la nada, y se marchó. Se había ido; sabía las cosas que tenía que decirle para que se marchara, quizá no segura y no tranquila, pero para que al fin se fuera. Él seguía siendo un imbécil, no al estilo patán, sino al inconsciente, al idiota, al torpe. ¿No, después de tanto, se conocieron? No se había ido en paz, pero se había ido. Se habían dejado descansar. La paz vino al pecho, el alivio. Siguió el paso del tiempo, ella espiaba pero no aparecía. Él empezó a aceptarlo. Era cierto, lo que ella le llegó a decir era cierto. Se había ido desde hacía mucho tiempo, sólo le quedaba el cuerpo en aquella casa, pero se había marchado antes de terminar, lo supo al descubrir algunas cartas que había dejado olvidadas; "él sería perfecto si no fuera él", decía ella. "Quisiera que esto cambiara, pero ya no regresaría". Él lo entendía, y de alguna manera no le dolía, había dejado de dolerle. Había regresado a pensar que era inútil preguntarse qué habría cambiado o si hubiera sabido esas cosas antes ¿habría cambiado? ¿habría importado que cambiara para ella? ¿habrían encontrado otras cosas por las que pelear? Pero ella también lo había dicho, se la habían pasado bien. Sí, se la habían pasado bien. Y ahora ella estaba feliz; se había casado y había encontrado a su pareja ideal, y él... bueno, él se había resignado, a quedarse callado y pensarla de vez en cuando en silencio y en secreto, a no molestarla y había empezado a crecer, había dejado de enfocarse en el amor y mejor lo hacía en sus cosas, en sus proyectos. Leía, investigaba, creaba. Aún no lo sabía, pero en poco tiempo él se iría, se iría para no volver. Se iría a la aventura que da una mochila en otros lugares, su patria sería más grande que su país, y si no era por la mochila se iría en alguno de sus proyectos, pero se iría lejos. A ella le gustaba viajar; dentro de todo también por eso se iría. Pensaría en ella mientras mirara las ventanas y las nubes: Frente, cabello, ojos, dientes, aquellas imágenes que seguirían borrándose con el paso del tiempo... y otras más claras, que se quedaban afianzadas; cosas abstractas como el amor.

domingo, 26 de abril de 2015

Un dolor añejo

Eso es todo
un dolor añejo
que no me deja de doler
en el esternón
en las manos
cuando bebo
cuando hace frío

eso es todo
un dolor añejo
una herida de guerra
que a veces se abre
justo antes de dormir

no es nada
es como el pie fantasma
que sigue picando
una vez amputado

sólo que aquí es la mano
que le falta a mi mano
y que no deja de doler

jueves, 5 de febrero de 2015

Somníferos, por favor, que sea con somníferos.

A veces me ponía a pensar por qué me llegaban momentos de apatía. Cuál era la razón que los detonaba. A qué se debía. Me preguntaba si era una depresión que tenía escondida. Después se iban, se cambiaban por otros estados anímicos, incluso tenía momentos de franca emoción. Pero siempre terminaban llegando estados en los que todo me daba igual. Quizá siga deprimido en un nivel que soy incapaz de confirmar. Últimamente cuando leo, las lecturas me terminan dando una gran sensación de tristeza y, curiosamente, muchas de las lecturas con las que me he encontrado tienen temas del suicidio... Camus tenía razón: la única pregunta verdaderamente importante para el hombre es por qué no se suicida. Creo que todo el que tiene una idea del futuro es menos propenso a tomar dicha determinación, o al menos un futuro no tan atroz, o tan trágico, porque queda claro que si alguien ve en su futuro el hecho de una enfermedad que lo va a llevar a la desintegración del cuerpo y la psique, terminará más cercano a la acción del cese de la vida por voluntad propia y consciente.
     Sé que el suicidio tiene que ver con la etapa en la que se encuentra uno, y que es una forma de decir que no quiere seguir viviendo esa etapa; vaya, un suicida en realidad (la mayoría de las veces) no quiere matarse, sino matar todo lo de afuera, pero la única forma que termina encontrando es haciéndolo consigo mismo...
     Pensaba que quizá la soledad era el problema; pero he salido y me doy cuenta de que no me interesa estar con nadie. Pensaba que el dinero era el problema, pero estuve en un buen trabajo, donde hasta me hice el tatuaje que quería desde hace años, y tampoco me sentí tan diferente. Lo único que ha seguido en mi cabeza es ponerme a escribir, no es algo que me entusiasma demasiado, y a la vez es algo que me apasiona, y quizá ése sea el gancho que realmente me tiene aquí. No veo el suicidio como una solución a una vida que me desagrada; y es que el problema básicamente es ése: estoy apático: no me desagrada mi vida, pero tampoco me agrada. No quiero estar aquí, pero tampoco me afecta estar. No quiero estar soltero, pero tampoco quiero estar acompañado... en resumidas cuentas, salvo por escribir, no me interesa nada; no hay odio, no hay amor, no hay furia, no hay miedo, no hay esperanzas, no hay desesperanza, no hay preocupación; ni siquiera el tomar me produce una sensación de ese estilo; antes tomaba para sentir esa agradable nostalgia que se impregna con recuerdos, esa añoranza, pero ahora ni estar ebrio me llama la atención... y a la vez no dejo de sentir efimeramente las cosas, río cuando hay que reír, lloro cuando hay que llorar, maldigo, me enojo, me pongo triste, me emociono, me lo que sea, sólo que ya nada permanece; es raro...
     Hay una sola cosa que sí le agradezco a mi soledad (además de dejarme escribir, y leer): esa deficiente capacidad para formar vínculos con los otros, me han hecho darme cuenta que cuando eso de la escritura se acabe (y si no llega otra cosa parecida), no habrá nada ni nadie capaz de evitar mi resolución, pues nada ni nadie me interesa realmente (o al menos tanto como para hacerme cambiar de opinión). Quizá tengo demasiado tiempo libre para pensar. Por ahí decían que el pensar durante mucho tiempo (los escritores) detonaba esas tendencias suicidas. Quién sabe.
   



A seguir con esa novela.

Tengo prisa

Debo escribir una gran novela. Después, quizá sólo después, confirme que mi vida no ha tenido nunca otro sentido que escribir esa gran obra, y podré irme tranquilo, aunque los demás piensen que me habré ido demasiado pronto. Tengo que ser mejor y lo tengo que ser pronto; a veces, hay días en que ya no aguanto.

domingo, 1 de febrero de 2015

Terezinha

Terezinha... hace mucho tiempo que buscaba esta canción. No recuerdo de quién la escuché, creo que venía de una época antigua cuando una de mis tías cantaba. En realidad no sé por qué cantaba. Yo recuerdo que la familia decía que era buena cantando. No sé por qué dejó de cantar. Ahora que lo pienso, tampoco sé por qué la cantaba, quizá eran los recuerdos de un amor del que nunca nos enteramos, como nunca nos enteramos de algún otro amor posterior. Entonces suponía, sin suponerlo, que era el canto a un tiempo sin tiempo para los demás, a unos oídos que eran otros oídos diferentes a los que llegaba la voz, la melodía y la letra.

Terezinha me sonaba a Teresa, y ésta a su vez, con trenza; entonces cuando escuchaba Teresa, me imaginaba la parte posterior de una cabeza llena de cabello amarrado en una enorme trenza; y por asociación con mi tía, aquella trenza era de un cabello chino, o al menos ondulado. Terezinha, por tanto, carecía de rostro, carecía de ojos de mirada y de nariz, carecía de boca, pero no de voz; era, por tanto, una sombra que hablaba de tres amores, que hablaba desde lo oscuro, en la noche, y que de la voz le brotaba un oso de peluche, y un broche de amatista. Después le salía un borracho sin playera, con garrafa en mano y malos modales, que se sentaba a la mesa devorando todo sólo para desaparecer nuevamente en la oscuridad y el silencio. Y después brilló una nada, otra oscuridad, donde estaba aquella Terezinha, aquella trenza; y en aquella oscuridad, se sentía calidez, aunque nunca hubiera brotado de su boca palabra alguna que se le pareciera un poco.
No fue sino hasta muchos años después, cuando esa canción ya había sido olvidada donde son olvidadas las pláticas con los abuelos y las canciones de Cri-cri con las que me arrullaban de chiquito, que apareció Terezinha. Apareció con otro nombre y sin trenza, y aunque el cabello era ondulado, no era oscuro sino claro, y tenía nariz, ojos, bellos ojos, y tenía también boca, bella boca, y en la punta de la boca una voz que cantó durante un tiempo antes de asustada decir: no.